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  Historia de Santi Rivera  
 
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La muerte silenciosa de Santiago

Publicado en el diario El Tiempo.
Bogotá – Colombia
Domingo 10 de septiembre del 2006

“Ya no tengo nada que perder, porque mi hijo ya está muerto, pero quiero compartir mi dolor para prevenir a las familias sobre los riesgos que una irresistible piscina puede traerle a cualquier familia.

Todo ocurrió el pasado 10 de junio. Era un sábado normal en el que mis hijos tenían clase de patinaje en la pista, que queda a pocas cuadras de nuestra casa. Santiago se levantó, se bañó y me dijo que debía ponerse dos pares de medias, tal como lo hacía su papá cuando lo llevaba a patinar. ‘Las rojas debajo de las blancas y así los patines me quedan mejor’, replicó con seguridad.

Fue una mañana maravillosa, porque él dejaba ver cómo había crecido. Se amarraba los patines solo, se ponía su casco y sus guantes sin pedirle ayuda a nadie.

Al finalizar las clases nos fuimos a casa y, como era habitual, peleó con la alverjas y las zanahorias que tenía el almuerzo. Yo se las saqué del plato para que comiera. Para reposar, nos recostamos a ver unas películas que habíamos alquilado el día anterior.

Hacia las cinco de la tarde nos fuimos a recoger a mi esposo al aeropuerto, que venía de Florencia, adonde viaja una vez al mes para hacer ecocardiogramas. Santiago se pegó a la reja y tan pronto vio a Martín salir del avión, corrió y se le colgó del cuello.

En el trayecto de regreso a casa se durmió. Cuando llegamos al conjunto residencial, los vecinos se encontraban en la actividad organizada por el comité de convivencia para recoger fondos. Santiago se despertó y junto a María del Mar, mi hija mayor, se bajaron del carro a jugar con los otros vecinitos en el salón comunal”.

La pesadilla empieza

“Hacia las siete de la noche, mi mamá me dijo que llamara a los niños para que comieran. Me asomé a la puerta y los vi jugando con sus amigos. Me senté, y a los dos minutos escuché gritos. Salí corriendo y crucé al otro lado de la piscina.Vi a mi vecino con un niño entre los brazos y me dijo: ‘Es Santi’. Yo no entendía nada. Veía que le escurría algo de la cabecita, pero nunca pensé que fuera agua de la piscina. Yo pensé: ‘Se cayó y se rompió la cabecita. ¿Será sangre? ¿Qué es?’. Me acerqué a ver qué pasaba y empezó el peor día de mi vida.

Mi hijo tenía los ojos entreabiertos, vidriosos, y todo su cuerpo estaba mojado. Su piel estaba pálida y sus labios, morados.

Empecé a ver en mi imaginación las escenas de películas en que las personas ahogadas eran rescatadas y después de unos masajes en el pecho escupían agua. Yo pensé que iba a pasar lo mismo.

Le di respiración boca a boca y le hice masajes junto con otro vecino médico, pero Santi no respondía. Llamé a mi esposo, Martín, quien es cardiólogo pediatra.

Nos montamos en la camioneta de platón de un vecino, pusieron una colchoneta delgada y yo agarré una pañoleta que tenía un señor en el cuello, para que nos dieran vía.
Me acuerdo de la cara de mi papá. Tenía ojos de angustia y no dejaba de llorar. Tan pronto llegamos al hospital, a él le entregaron la ropa y las sandalias de mi hijo, mientras lo atendían y le tomaban una resonancia cerebral. De ahí nos pasaron a la Unidad de Cuidados Intensivos.

Mientras recorría los pasillos del hospital, recordaba ese 5 de julio del 2001 cuando Santiago me despertó en la madrugada con unas fuertes patadas en mi vientre. Mi esposo dormía, y decidimos ir al hospital cuando aclarara.

Después de esperar a que avanzara el trabajo de parto, sentí ganas de pujar cuando aún me encontraba en la silla de ruedas. Fue todo tan rápido, que allí Santiago fue recibido por el obstetra.
Cuando volví de mis recuerdos, empecé a sentir la ilusión de que Santiago iba a salir adelante, pues su aspecto empezó a mejorar y sus labios ya estaban rosados.

Pasado el mediodía del domingo, su estado empezó a ser inestable: sus signos vitales y la función de su corazón.

Martín, mi esposo, le hizo un ecocardiograma, y me agobió mucho su expresión de tristeza, al notar que su corazón latía con dificultad. Aun así, no dejábamos de orar, de hablarle, de cantarle al oído y de decirle lo mucho que lo amábamos y lo felices que nos había hecho. Que si tenía que irse, que lo hiciera, que íbamos a estar bien, sabiendo que él estaría mejor.

A las 10 de la noche, luego de 26 horas, volvió a entrar en paro, e inmediatamente comenzaron las maniobras de reanimación. El personal de turno, angustiado, insistía con desesperación, mientras nosotros nos aferrábamos a un libro de oraciones y rezábamos en voz alta.
Su corazón y sus pulmones no aguantaron más, mientras veíamos cómo la vida de nuestro hijo se apagaba inevitablemente, ante el esfuerzo que hacían los médicos para que él continuara vivo”.

El último adiós

“El pito ensordecedor del monitor mostraba que el corazón se había detenido. ‘Uno, dos, tres’, repetía el médico mientras masajeaba el pecho de Santi, sin ningún resultado.

Luego de más de 30 minutos sin respuesta, el corazón no volvió a latir, ‘¡No más, por favor, no más!’, dijimos nosotros al ver lo inevitable.

Las enfermeras y médicos dieron un paso atrás, porque mi hijo ya estaba muerto. Mi esposo y yo empezamos, por voluntad propia, la más dolorosa de las labores: desconectar una a una todas las cánulas y tubos. Tan pronto su cuerpo quedó libre, lo cargué en mis brazos, lo abracé y lo besé, tanto como pude, aprovechando la última oportunidad que me daba la vida de hacerlo.

¡Cómo había crecido mi bebé! Consentí su cuerpo, hasta que tuve que llevarlo a la morgue del hospital.

Allí lo tuve que dejar solo por primera vez. Era definitivamente la  despedida. No había nada que hacer”.

OLGA LUCIA MORALES BURGOS Redactora de EL TIEMPO

 
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